Armagedón

David Loyo Pérez
Todos corrían y buscaban su alivio. Se crearon colas inmensas de gentes inquietas, atemorizadas, convulsas... Las personas corrían de un lado para otro, de forma caótica, buscando la puerta correcta que les procurase remedio momentáneo a sus males. Se llegó a un punto en que no se respetaban ya las filas, en que la gente trataba de saltarse violentamente su turno, y también estaba aquél al que no le daba tiempo ni de musitar unas últimas palabras. La peste circulaba libre y salía por las ventanas, y nuevas personas sufrieron pronto el contagio. Las descargas y los tiramientos de cadena eran continuos. Todo el sistema de canalizaciones estaba funcionando a pleno rendimiento. Aquello parecía un Día de Año Nuevo. Y venga y dale, y venga y dale, uno tras otros, todos pasaban por taquilla. La peste era insoportable, fulminante. Muchos iban soltando su misma vida por el pasillo, donde tan siquiera había un mínimo en productos de limpieza, donde la higiene brillaba por su ausencia. Los vapores llegaban a colocar a la gente; y comenzaron las visiones: unos decían que si la Virgen, otros que si Nuestro Señor Jesucristo, y hasta unos pocos hablaron de extraterrestres.
Los recipientes rebosaban, la gente nadaba en plena sustancia, entre espesores y licuefacciones. Y mientras, las canalizaciones a pleno rendimiento, dale que te pego, duro y dale, y venga y sigue, y toma y toma…  Los sistemas colapsan. Los organismos colapsan y suenan las Trompetas, y todo revienta en una orgía de hedores y pestilencias, de cuestiones traseras, con papeles, sin sentido… Ese, zeda, jota, i…

Adictos al buen café

Agustín Gutierrez Delgado
Cada día que iba a la cafetería le parecía más pequeña. Todo había comenzado unos meses antes. Al principio, casi de forma imperceptible, sentía que había menos espacio en la barra y que las paredes del local poco a poco estaban más cerca una de otra. Los adictos al buen café y a la charla con las camareras, sin embargo, no podían dejar de acudir todos los recreos. Apenas podían entrar ya los niños y los más gorditos empezaron a tener que conformarse con gritar lo que querían desde la ventana.
Aquel día el profesor de lengua necesitaba su café y haciendo un gran esfuerzo por entrar, metiendo tripa y rompiéndose alguna costilla logro entrar en la cafetería. Fue el día en que las dos paredes opuestas lograron tocarse.

Otro café

 Agustín Gutiérrez Delgado
El ambiente estaba muy tenso en el instituto. En el transcurso del año habían muerto tres profesores. El de matemáticas en un accidente de coche, la de física arrojada de un sexto piso y el profesor de lengua de un colapso total de sus funciones vitales.
Los profesores se miraban unos a otros cariacontecidos y tristes. Parecía que una maldición hiciera que el claustro de profesores descendiera poco a poco.
Solo la cafetería seguía funcionando con normalidad habiéndose convertido, de hecho, en el único remanso de paz donde se refugiaban los nerviosos profesores. Allí, como siempre, estaba la guapa y alegre camarera cuya charla animaba a los que se acercaban a tomar café.
Uno de los habituales era el profesor de Historia. Tomaba café en vaso grande con sopas de pan duro. Aquel día no se encontraba bien, se le habían dilatado las pupilas y no lograba ver con nitidez así que, al revolver el café, se le cayó la cucharilla al suelo y allí le pareció vislumbrar cómo la punta del pie de la simpática camarera empujaba bajo el mostrador una hoja de belladona mientras le ofrecía la más tierna de las sonrisas.

Yo también tuve 11 años

Agustín Gutiérrez Delgado
Yo también tuve 11 años y pensé que mis padres me odiaban y que querían más a mis hermanos. Pensaba que me reñían porque les gustaba. Creía que el mundo era yo y ninguna otra cosa. Admiraba a los alumnos de 15 años y copiaba sus comportamientos. Creía que las series de televisión eran reales e intentaba imitar su estética. Yo también tuve 11 años y lo pasé fatal.

La tormenta

Agustín Gutiérrez Delgado
Los policías se arremolinaban sin saber qué hacer mirando un montoncito de ceniza humeante junto a un gran cuchillo cebollero en la cafetería del instituto.
El día había amanecido gris y tormentoso. Los charcos iban creciendo en el patio y las camareras esperaban una mañana ajetreada con los chavales hacinándose en el pequeño local para no mojarse. A la obscuridad del día se añadían los cortes de electricidad por la tormenta.
Para la camarera el día había despuntado más negro aún. A las ocho se había cortado un dedo con un vaso roto en el fregadero, a las nueve se había quemado con aceite de la sartén, a la diez se clavó un cuchillo mientras pelaba patatas. A las diez y media, sin poder aguantar más la presión y el agobio de los pequeños clientes, todavía con el cuchillo en la mano, levantó los brazos implorando un poco de tranquilidad a la vez que un relámpago iluminó el bar por fin.

Revisión médica

Agustín Gutiérrez Delgado
Un gran charco de sangre se iba formando en el suelo de la cafetería del instituto ante la indiferencia de los alumnos. Los profesores apuraron sus cafés al oír el timbre de comienzo de las clases mientras la camarera limpiaba un gran cuchillo ensangrentado.
Todo había empezado con la revisión médica de la empresa. Hipertensión, sobrepeso, colesterol… La solución, quitar la gracia a las cosas. Sustituyó el azúcar por sacarina y empezó a tomar café descafeinado con leche desnatada. A los pocos días ya no leía, se desperiodiquizó, también pidió a la camarera el café descucharizado.
El problema fue cuando no quiso taza y la camarera lo destazó.

Comunicando

Agustín Gutiérrez Delgado
El hombre tuvo una magnífica idea y creó una máquina con la que poder hablar a distancia y la llamó teléfono. Los auriculares los puso de manera que acercándoselos al oído podía oírse la distante voz del amigo ausente. En nuestros días el teléfono es un aparato que no sirve para comunicarnos con los que están lejos sino para distanciarnos con los que están cerca. Es habitual ver a una pareja sentada que, en lugar de hablar entre ellos, chatean con el teléfono móvil ¿Por qué un magnifico invento puede eliminarnos como personas? ¿Por qué dependemos de un teléfono para completarnos como individuos? ¿Qué es una persona sin teléfono hoy en día? ¿Qué tiene el teléfono que no tiene la persona que está junto a nosotros? ¿Qué placer oculto nos proporciona tener un teléfono en la mano? ¿Nos relacionamos mejor sin ver a nuestro interlocutor? Nos gusta el teléfono porque podemos apagarlo cuando queremos, pero realmente, ¿podemos apagarlo cuando queremos? ¿Lloramos cuando nos lo quitan o nos quedamos sin saldo? ¿Somos los nuevos homo telefonensis?