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Horroroso error

Agustín T. Gutiérrez Delgado
La borra del café se cayó al suelo. No la novela de Benedetti sino las sobras de la cazoleta de la cafetera. La camarera se puso a barrer mientras en el ambiente se barruntaba cierta tensión. Fuera, en el pasillo, se oían gritos y berridos arrebatados de algún alumno enfurruñado con el mundo. El otoño acababa de arribar y la berrea ya estaba aquí. En la cafetería del instituto un repetidor se aburría en una esquina y otro se aburraba leyendo el Marca. Mientras los profesores, esbirros de la administración, se atiborraban a sopas de pan o a bocadillos de berros y birras. Yo, acodado en la barra, veía la vida pasar cual Barrabás arrepentido 
La noche anterior había llovido mucho y la entrada se había llenado de agua y lodo. Al igual que mis zapatos, yo me sentía completamente embarrado. La camarera me tuvo que echar de la barra por mi bien. Decía que desbarraba.

Jálogüin en la cafetería

Agustín Gutiérrez Delgado
Una leyenda urbana que corría por el instituto decía que más o menos una vez al mes, coincidiendo con la luna llena, las camareras de la cafetería se convertían en mujeres lobo. Los nuevos alumnos creían que durante esos días les salía pelo por todo el cuerpo, se les afilaban los dientes y se les agriaba el carácter hasta parecer que se comían a la clientela. En los días de luna llena los alumnos más jóvenes se traían el bocadillo de casa y se abstenían de comprar chuches.
Los profesores y los alumnos de los cursos superiores sabían que la leyenda urbana era mentira. Las camareras eran así todos los días del mes.

Adictos al buen café

Agustín Gutierrez Delgado
Cada día que iba a la cafetería le parecía más pequeña. Todo había comenzado unos meses antes. Al principio, casi de forma imperceptible, sentía que había menos espacio en la barra y que las paredes del local poco a poco estaban más cerca una de otra. Los adictos al buen café y a la charla con las camareras, sin embargo, no podían dejar de acudir todos los recreos. Apenas podían entrar ya los niños y los más gorditos empezaron a tener que conformarse con gritar lo que querían desde la ventana.
Aquel día el profesor de lengua necesitaba su café y haciendo un gran esfuerzo por entrar, metiendo tripa y rompiéndose alguna costilla logro entrar en la cafetería. Fue el día en que las dos paredes opuestas lograron tocarse.

Otro café

 Agustín Gutiérrez Delgado
El ambiente estaba muy tenso en el instituto. En el transcurso del año habían muerto tres profesores. El de matemáticas en un accidente de coche, la de física arrojada de un sexto piso y el profesor de lengua de un colapso total de sus funciones vitales.
Los profesores se miraban unos a otros cariacontecidos y tristes. Parecía que una maldición hiciera que el claustro de profesores descendiera poco a poco.
Solo la cafetería seguía funcionando con normalidad habiéndose convertido, de hecho, en el único remanso de paz donde se refugiaban los nerviosos profesores. Allí, como siempre, estaba la guapa y alegre camarera cuya charla animaba a los que se acercaban a tomar café.
Uno de los habituales era el profesor de Historia. Tomaba café en vaso grande con sopas de pan duro. Aquel día no se encontraba bien, se le habían dilatado las pupilas y no lograba ver con nitidez así que, al revolver el café, se le cayó la cucharilla al suelo y allí le pareció vislumbrar cómo la punta del pie de la simpática camarera empujaba bajo el mostrador una hoja de belladona mientras le ofrecía la más tierna de las sonrisas.

Yo también tuve 11 años

Agustín Gutiérrez Delgado
Yo también tuve 11 años y pensé que mis padres me odiaban y que querían más a mis hermanos. Pensaba que me reñían porque les gustaba. Creía que el mundo era yo y ninguna otra cosa. Admiraba a los alumnos de 15 años y copiaba sus comportamientos. Creía que las series de televisión eran reales e intentaba imitar su estética. Yo también tuve 11 años y lo pasé fatal.

La tormenta

Agustín Gutiérrez Delgado
Los policías se arremolinaban sin saber qué hacer mirando un montoncito de ceniza humeante junto a un gran cuchillo cebollero en la cafetería del instituto.
El día había amanecido gris y tormentoso. Los charcos iban creciendo en el patio y las camareras esperaban una mañana ajetreada con los chavales hacinándose en el pequeño local para no mojarse. A la obscuridad del día se añadían los cortes de electricidad por la tormenta.
Para la camarera el día había despuntado más negro aún. A las ocho se había cortado un dedo con un vaso roto en el fregadero, a las nueve se había quemado con aceite de la sartén, a la diez se clavó un cuchillo mientras pelaba patatas. A las diez y media, sin poder aguantar más la presión y el agobio de los pequeños clientes, todavía con el cuchillo en la mano, levantó los brazos implorando un poco de tranquilidad a la vez que un relámpago iluminó el bar por fin.

Revisión médica

Agustín Gutiérrez Delgado
Un gran charco de sangre se iba formando en el suelo de la cafetería del instituto ante la indiferencia de los alumnos. Los profesores apuraron sus cafés al oír el timbre de comienzo de las clases mientras la camarera limpiaba un gran cuchillo ensangrentado.
Todo había empezado con la revisión médica de la empresa. Hipertensión, sobrepeso, colesterol… La solución, quitar la gracia a las cosas. Sustituyó el azúcar por sacarina y empezó a tomar café descafeinado con leche desnatada. A los pocos días ya no leía, se desperiodiquizó, también pidió a la camarera el café descucharizado.
El problema fue cuando no quiso taza y la camarera lo destazó.

Comunicando

Agustín Gutiérrez Delgado
El hombre tuvo una magnífica idea y creó una máquina con la que poder hablar a distancia y la llamó teléfono. Los auriculares los puso de manera que acercándoselos al oído podía oírse la distante voz del amigo ausente. En nuestros días el teléfono es un aparato que no sirve para comunicarnos con los que están lejos sino para distanciarnos con los que están cerca. Es habitual ver a una pareja sentada que, en lugar de hablar entre ellos, chatean con el teléfono móvil ¿Por qué un magnifico invento puede eliminarnos como personas? ¿Por qué dependemos de un teléfono para completarnos como individuos? ¿Qué es una persona sin teléfono hoy en día? ¿Qué tiene el teléfono que no tiene la persona que está junto a nosotros? ¿Qué placer oculto nos proporciona tener un teléfono en la mano? ¿Nos relacionamos mejor sin ver a nuestro interlocutor? Nos gusta el teléfono porque podemos apagarlo cuando queremos, pero realmente, ¿podemos apagarlo cuando queremos? ¿Lloramos cuando nos lo quitan o nos quedamos sin saldo? ¿Somos los nuevos homo telefonensis?

Lenguicidio

Agustín Gutiérrez Delgado
Era un día cualquiera en el bar del instituto. La camarera pelaba patatas con un gran cuchillo tras la barra, dos profesores tomaban su café mientras leían el periódico y varios alumnos del último curso sin clase estaban sentados en una esquina, amodorrados, esperando a que el timbre del recreo los sacara de su letargo. 
La puerta se abrió y apareció el profesor de lengua. Tenía un aspecto extraño, los ojos inyectados en sangre y su, habitualmente, bonita y cuidada melena estaba totalmente desordenada. Empezó a balbucear palabras inconexas como competencias proactivas, competenciales proactivianas, proacciones diagnosticativas, diagnósticos procompetenciales, protocableado… Solamente entonces los demás volvieron la vista hacia él y vieron que en las manos llevaba guedejas de su propio pelo. En ambos lados de la cara tenía arañazos como si hubiera intentado arrancarse los ojos con sus propias manos. Al menos Edipo había tenido cerca los broches del vestido de su madre-esposa.
Los bebedores de café se apartaron un poco y los alumnos siguieron adormilados en su rincón, sin embargo, la camarera miró con ternura al recién llegado, se acercó a él y lo abrazó con comprensión, con calidez, como abraza una madre.
Al profesor de lengua se le fue cambiando la expresión de la cara y un rictus de tranquilidad se reflejó en sus labios. Además de la sensación de sosiego que le había proporcionado el abrazo, sintió una felicidad que había dejado de sentir hacía tiempo.
La camarera se separó de él todavía con el cuchillo en la mano y un charco de sangre empezó a formarse a los pies del desquiciado profesor.