La borra del café se cayó al suelo. No la novela de Benedetti sino las sobras de la cazoleta de la cafetera. La camarera se puso a barrer mientras en el ambiente se barruntaba cierta tensión. Fuera, en el pasillo, se oían gritos y berridos arrebatados de algún alumno enfurruñado con el mundo. El otoño acababa de arribar y la berrea ya estaba aquí. En la cafetería del instituto un repetidor se aburría en una esquina y otro se aburraba leyendo el Marca. Mientras los profesores, esbirros de la administración, se atiborraban a sopas de pan o a bocadillos de berros y birras. Yo, acodado en la barra, veía la vida pasar cual Barrabás arrepentido
La noche anterior había llovido mucho y la entrada se había llenado de agua y lodo. Al igual que mis zapatos, yo me sentía completamente embarrado. La camarera me tuvo que echar de la barra por mi bien. Decía que desbarraba.